Síndrome de Hibris, el enemigo íntimo

by LaGaceta
Por Juan Barrenechea Herrera

El comportamiento humano asociado al poder es muchas veces impredecible y contradictorio. Si a esto sumamos el hecho que hoy en día vivimos en un mundo que sucumbe de manera permanente a las tentaciones del individualismo, la avaricia, el orgullo y el relativismo de las convicciones, la vieja historia del “Síndrome de Hibris” se hace recurrente y, a la vez, peligrosamente activa en un número considerable de personas, principalmente en aquellas que cuentan con el voto de confianza de la ciudadanía en cuanto a representación popular, sobretodo cuando nuestros sistemas políticos, marcadamente paternalistas, ensalzan cada vez más el culto a la personalidad y el caudillismo como rasgos distintivos de la política actual, muy por encima de otro tipo de virtudes, como el trabajo en equipo, la cercanía, la capacidad de saber escuchar o el propio respeto por la diversidad.

Pero no se trata sólo de una patología modernista. En el pensamiento ético y religioso griego, la presunción exagerada ya contribuía a una desmesura de las acciones, es la “hibris”,  en donde los dioses toman venganza (“némesis”) del orgullo y arrogancia excesiva de quien la padece.

El síndrome de Hybris fue detectado por los antiguos griegos para identificar a los “héroes” que, extasiados de éxito y haciendo ostentación de poder, comenzaban a comportarse como auténticos tiranos, en un rol casi de semi dioses, ya que según su parecer el resto de las personas están “por debajo de su figura.”

De acuerdo a estas características, los expertos concuerdan en que la hibris presenta ciertos elementos sintomáticos, como el exceso de confianza en sí mismo, la impaciencia constante, falta de atención a los detalles y la creencia de ser insustituible.

Es más, estos elementos conducen a la manifestación del “Síndrome de Hibris”, también llamado Hybris o Hubrisen donde, entre otras cosas, se evalúan las situaciones con ideas fijas preconcebidas; se rechaza todo signo contrario a sus ideas; las personas, además, son incapaces de cambiar de conductas y no se saca provecho de la experiencia.

Comienzan entonces las apariciones más singulares de estas conductas, por cuanto es claramente perceptible un trato a las personas en base a la prepotencia y con comportamientos marcadamente narcisistas.

Las personas que padecen el hibris suelen darle a todo un sesgo altamente egocéntrico, cuando por ejemplo, tratan sobre cualquier tema por más intrascendente que sea; denotan una confianza desmedida en sí mismos; son impulsivos e imprudentes; se sienten superiores a los demás; le otorgan una desmedida importancia a su imagen, su forma de vestir; ostentan sus lujos; son excéntricos; se preocupan porque sus rivales sean vencidos a toda costa, ya que tienen un miedo acérrimo a perder su “status”; no escuchan a los demás; son monotemáticos (todo ronda en tono suyo); se sienten iluminados y si llegan a fallar, jamás lo reconocerán.

La primera etapa de esta conducta hibrística se da cuando el sujeto “asume un poder” y comienza a verse “rodeado de aduladores”. Si al principio dudaba de su capacidad para ejercer el mando, las dudas pronto se disipan y atribuye todos los éxitos a sí mismo. De aquí pasa a la fase en la que cree que nada de lo que dice, hace y piensa puede ponerse en entredicho. Se siente infalible e insustituible. Y todo aquel que se le oponga será relegado al campo del “adversario”, por lo que debe ser marginado y silenciado, cumpliendo así con su deseo febril de reducir a la mínima expresión todo atisbo de disidencia. Del mismo modo, todo aquel que colaboré en la consecución de  esta malsana conducta será por tanto funcional al “sistema” y, por ende, ganará su confianza, ingresando con ello a su círculo de aduladores, sin importar el grado de conciencia o convencimiento de sus actos, transformándose entonces en un “alimentador de hibris”, muchas veces por conveniencia.

Estos sujetos confunden realidad con fantasía como cosa normal. Su mundo se divide entre ganadores y perdedores, por lo que se asumen como líderes vencedores, aunque a la vez que temen enormemente perder su posición de privilegio y se afanan a toda costa por mantenerla, ya sea mediante el fraude o la tergiversación de los hechos (distorsión de la realidad), sin dudar ni por un momento en adoptar actitudes amenazantes o conductas tiranas.

David Owen, quien fuera ministro de relaciones exteriores de Inglaterra y neurólogo, realizó una descripción acabada de estos perfiles, en lo que denominó “Mal de Hubris” (Síndrome de Hibris). En su obra “En la enfermedad y en el Poder”,  lo definió como un trastorno paranoide, cuyo patología se inicia en una megalomanía instaurada que termina luego en una paranoia acentuada.

Este síndrome ha generado enorme preocupación en todos los segmentos y en todos lo niveles de poder, surgiendo entonces la pregunta natural y lógica: ¿Cuál es el perfil de liderazgo que debiéramos considerar al momento elegir?

No cabe duda que hibris habita entre nosotros. Es por ellos que no resulta un exceso señalar que los líderes deben prepararse para el poder y dominar sus egos, a modo que sus habilidad blandas sean las que finalmente prevalezcan,  permitiendo desarrollar y establecer un contexto de confianza en el sistema, donde se puedan presentar diferentes puntos de vista y se pueda debatir constructivamente, en donde además se puedan aportar los elementos que amplíen la visión de posibilidades de solución para los problemas, para afrontar las dificultades de manera conjunta, a pesar de las diferencias naturales que pudieran surgir. Es decir, se requiere se requieren personas con un nivel de templanza que les permitan practicar de manera efectiva la inclusión, generosidad y tolerancia.

Así, el líder debe llevar adelante un modelo basado en la coherencia entre lo que dice y lo que hace pero, sobre todo generando, un clima de credibilidad y confianza para garantizar la transparencia y eficiencia en su modelo de gestión. En definitiva, las personas debieran distinguir constructos personales que sean capaces de “ser” y “parecer”, sin máscaras ni artificios y, por sobretodo, aplicar un liderazgo o modelo de gobernanza sano e inclusivo, que le permita encaminarse hacia el corazón o la esencia de la política, como es la búsqueda del bien común y el desarrollo humano de manera integral.

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