Los boteros de Talcamávida y sus travesías por el Biobío

by LaGaceta

a villa de Talcamávida, voz mapuche que significa “Montaña del Trueno”, posee dentro de sus rasgos distintivos una hermosa laguna y los socavones de un antiguo fortín español que le dio origen a mediados del siglo XVI. Así también, las particularidades propias de los pueblos que se codean con cursos de agua tan imponentes como el caso del rio Biobío.

Uno de sus vecinos más destacados es don Depolinares Altamirano Soto, quien ha dedicado toda su vida a recopilar historias y objetos del pasado de la zona. La verdad es que él mismo ya es parte  de la historia de este pueblo, y  por eso no  trepida en compartir todo lo que sabe con sus amigos.

Cuando  era sólo un muchacho, por  allá por la década del sesenta, le tocó presenciar un hecho que ha marcado la historia de esta localidad .

En esos años, la actividad principal en lo social radicaba en su estación ferroviaria. Allí bajaba mucha gente, como asimismo la correspondencia procedente de los distintos ferrocarriles que venían del norte y del sur a través del ramal de San Rosendo. Pero en realidad no todos se quedaban en el pueblo sino que muchos se dirigían a la ciudad de Santa Juana, ubicada en la ribera opuesta del Biobío y casi al frente de Talcamávida.

De ese modo se evitaba dar una inmensa vuelta de casi cien kilómetros por Concepción. En aquel tiempo la travesía en bote a uno y otro lado era cosa cotidiana y el oficio de “botero” era muy considerado.

La gente se entregaba confiada a las manos de estos expertos remadores. No obstante,  de tanto ir y venir de una a otra orilla, ocurrió cierta vez una desgracia que muchos aún mantienen viva en sus recuerdos.

Un inusual grupo de pasajeros que venía en el “tren valdiviano” (porque cada tren tenía su nombre que lo distinguía) se bajó en Talcamávida para cruzar hacia Santa Juana. Había empezado a lloviznar. El río se estiraba sin tregua, y aunque el botero se percató del exceso de peso que llevaba, se decidió a cruzar sin temor a las consecuencias. Iba entre aquellos pasajeros un inmenso hombre envuelto en su manta de castilla que de sólo verlo daba un poco de miedo.

La embarcación no tardó en zafarse de la orilla y comenzó a rebanar la suave corriente mientras se iba sosteniendo en la oscura profundidad de aquellas aguas turbulentas, hasta que quedó metida en el río como un frágil pedazo de papel.

En los primeros momentos todo iba bien. Bajo la llovizna cada vez más intensa los pasajeros se miraban sin presentir la trágica suerte que correrían. Iban niños, un par de monjas y varios campesinos con sus bolsos repletos de encargos.

De súbito, y ante el asombro de los demás, aquel hombre se paró en medio de la embarcación e intentó sacarse dificultosamente la pesada manta de castilla. Fatal decisión fue aquella, pues de inmediato el bote comenzó a tambalearse hasta que se derrumbó sobre el río entre los gritos y llantos de los infortunados pasajeros que rápidamente fueron tragados por las profundas aguas.

Así llegaron trágicamente al final de su último viaje dejando el recuerdo de aquella desgracia en la memoria de aquellos que todavía se atreven de vez en cuando a surcar las aguas del gran Biobío.

Hoy en día pocos cruzan el ancho río. El progreso ha hecho innecesario la travesía hacia Santa Juana. Sólo de tarde en tarde se ve un pequeño bote perdido en la inmensidad de las aguas, tal vez trayendo al cura de Santa Juana que cada domingo visita a sus fieles de Talcamávida, o llevando algún campesino de gran porte envuelto en una gruesa manta de castilla.

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