El fenómeno del campo

by LaGaceta

Por Mónica Contreras Lagos – Socióloga

El 3 de Marzo se presentaba en nuestro país el primer contagiado por Covid-19, un nuevo virus que aterrorizaba a la población mundial y que sólo imaginábamos como el mejor guión de una película de ciencia ficción. Lo cierto es que, a casi un año de confinamiento la gran mayoría de las personas han vuelto a retomar prácticas que habían quedado en el pasado y gozaron de gran popularidad, como los juegos de mesa, los tejidos, cocinar nuevas recetas y el desarrollo libre de la imaginación a través de manualidades. Sin embargo, el confinamiento no sólo nos dio un aire nostálgico, sino que también, hizo que brotará desde lo más hondo, el deseo de “vivir y estar en la naturaleza.”

Nuestra comuna goza de un lugar privilegiado con 531.50 km2 de generosa vegetación, poblada (lamentablemente) de monocultivo, árboles por doquier en cada casa, el Bío Bio de testigo y aves como en el paraíso. Sin embargo, de los 24.333 habitantes, un 14,2% vive en áreas rurales, alejadas de las comodidades de la urbe. Aquí donde me gustaría detenerme.

Las consecuencias de la pandemia han sido fatales. En medio de toda la convulsión social, la crisis política que se venía arrastrando el año anterior, la pérdida de la fuente laboral y el aumento de la cesantía, el estrés propio del confinamiento, sumado a la crisis sanitaria y el colapso de los centros de salud, muchas personas optaron por volver al campo.

Y para quienes tenían un pedacito de tierra en un sector alejado de la urbe muchos se instalaron con todas sus petacas, mientras que otros, comenzaron a soñar con el campo, en respirar aire puro, en una vida tranquila, alejada de los contagios, alejada del estrés de la urbe. La alimentación saludable y las huertas dejaron de ser parte de la moda orgánica y hoy el campo se ha transformado en un lugar seguro para vivir.

Pero miro Hualqui y pienso en todas aquellas personas que alguna vez se avergonzaban “de vivir en el campo” Me gustaría entender por qué el campo ha sido motivo de vergüenza cuando en realidad es un motivo de orgullo. Especialmente, la labor de las mujeres campesinas, las que han alimentado a su familia y a los habitantes de la comuna, las que dicen que no trabajan pero están todos los días con las manos en la tierra, las que han educado a sus hijos vendiendo sus verduras, las que enseñan a sembrar y a cuidar de las semillas, las que siempre tienen una agüita de hierba para el malestar, mujeres campesinas.

Pienso en ellas y me surgen varias preguntas ¿En qué momento la ciudad fue sinónimo de progreso? ¿Cuándo dejo de ser rentable vivir en el campo? ¿Qué rol juegan las forestales en las migraciones del campo a la ciudad?  ¿En qué momento el campo fue abandonado por las autoridades políticas?

Quienes amamos nuestra comuna tenemos el deber de cuidar el campo y reproducir prácticas y saberes que se han transmitido de generación en generación sin olvidar nunca nuestras raíces y así convertirnos en buena madera.

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